domingo, 26 de enero de 2020

Suecia en la mirada. Capítulo 2: Paisaje frío; cálida amistad

Viajar a Suecia y no visitar la población de Ed, en el suroeste del país, sería como traicionar una vieja y entrañable amistad con Hasse y Kerstin. Disfruto enormemente de su hospitalidad y camaradería, en una preciosa casa, rodeada de bosques y lagos, donde ciervos, alces y castores, son parte del paisaje.

Visitar a mis amigos, es, según la estación del año, pescar, bañarse y hacer piragüismo en un lago; coger setas en el bosque; dar largos paseos por un paisaje donde las coníferas y los abedules, tienen musgos y líquenes a sus pies, los arroyos susurran a los pájaros y la belleza te invade el alma. 

Primavera, verano, otoño, invierno..., Ed es siempre un lugar que enamora. Esta vez, he sentido la calidez de mis amigos, durante el frío invierno nórdico

La casa de Ed




Este comedero, es un bullicio  
de vida alada desde el amanecer
El musgo da un aspecto fantasmagórico a las piedras
Las cervezas se enfrían a temperatura ambiente                
Bosque de abedules
Días sin nubes; fría albura en el suelo

Líquenes


Los castores roen árboles que usan para hacer presas en el agua 

     





BILLINGFORS
Esta población tiene una preciosa iglesia luterana. Asistí en ella a la celebración de la Navidad. Una mujer sacerdote nos recibió en la entrada. Candelabros de siete brazos, iluminaban las ventanas; cada bancada, tenía una puerta de entrada que se cerraba con pestillo; había un nacimiento junto al altar; no había representaciones de santos, pero sí una estatua de María, la Madre de Jesús. Fuera de la iglesia, en el camposanto, las tumbas estaban iluminadas con bujías, para hacer partícipes de las fiestas navideñas a los fallecidos.


    

                 
Oírme desafinar, cantando en sueco
un texto de Lutero, fue un privilegio
al alcance de muy pocos



Entre las poblaciones de Bengtsfors, al norte y Billinsfors, al sur, hay un brazo de río y una exclusa. El río lleva agua brava y la exclusa, agua mansa, que el intenso frío congela a gran velocidad

Puede observarse la capa de hielo que se está formando en la exclusa

Mis viejos amigos de juventud, con sus hijos

Las preciosas viviendas unifamiliares de Suecia, son de 
madera, pintadas mayoritariamente en color ocre o amarillo




















domingo, 19 de enero de 2020

Suecia en la mirada. Capítulo 1. Viaje a los sentimientos

Oigo las versiones originales de Bailando con lobos y de Leyendas de pasión. Películas de gran belleza, que emocionan con sus desgarradoras historias en un mundo agreste, allá en el frío paisaje de Norteamérica.

Estoy en Suecia, país que enamora por sus paisajes y sus gentes, al que acudo frecuentemente, pues tengo en él amistades entrañables.

Vuelvo ya a España y siento alegría por regresar a casa, a mi querencia natural, a mi rutina, a mi idioma y a mis seres de sangre compartida. Pero también me invade la pena del adiós, aunque sé que es más "un hasta luego", pues los verdaderos sentimientos, no se olvidan en la distancia.

Durante mi estancia en Suecia, he vivido muy gratas y variadas experiencias, desde el sur al norte del país, incluyendo el avistamiento de fauna salvaje, granjas de renos, auroras boreales, paseos a caballo por la nieve, paisajes sobrecogedores, conciertos, hermosas fiestas navideñas y sobretodo, momentos de gran camaradería, de una amistad forjada en las inhóspitas arenas del desierto del Sahara, hace ya casi cinco décadas.

Aún no conocía el invierno sueco y temía el frío extremo y los largos periodos de obscuridad.

Cuando llegué a Göteborg, vi una ciudad sumergida en la oscuridad de la noche, pero con una luminosa decoración. Un concierto de música navideña en la estación de autobuses, inundó mi alma de alegría y fue el preludio de lo que sería una feliz estancia en estas tierras.



Ya en Lysekil, me sentí en casa. Divisaba su bahía desde mi habitación, que reflejaba en sus aguas las luces de los barcos y de la ciudad.

Destacaba en su silueta la iglesia luterana, que se erguía hermosa, clavando en el cielo, la luz de su reloj. Disponía de una cafetería en la propia sala de culto, a modo de "ambigú religioso", donde ofrecían "glogg" a los asistentes, una dulce bebida caliente, servida con pasas y almendras, para templar los amedrentados cuerpos por el frío ambiente exterior.

La decoración luminosa, era un tanto peculiar, a ojos de un católico, pero se respiraba paz y fervor. Un coro interpretaba maravillosas canciones navideñas e intuí un pueblo culto y equilibrado, pero ajeno a las pasiones y las alegrías de los pueblos del Mediterráneo.










Terminado el concierto, una bofetada de frío me devolvió a la realidad del invierno y agradecí posteriormente el fuego de una chimenea, con sabor a hogar. Iniciaba así, una larga aventura de invierno que relataré en los siguientes capítulos.