lunes, 27 de enero de 2020

Suecia en la mirada. Capítulo 5: Lapland, renos y caballos

Partimos de Kiruna a un lugar perdido en la nieve. Anochecía con rapidez, y pudimos ver la iluminada pista de sky de la ciudad del frío. Cielo negro, suelo blanco, frío desapacible, incógnita del tiempo inmediato.

Llegados al destino, esperaba entrar en mi dormitorio, arrastrar mi frío personal y el desasosiego con una ducha caliente y reconfortante, antes de emprender una nueva aventura. No fue así.

Éramos un grupo multinacional de ocho personas, en los que habíamos australianos, ingleses,  alemanes, canadienses, suecos y yo mismo, como único latino. Entramos en un amplio establo de caballos islandeses, nos equipamos con ropa de frío extremo, ensillamos los caballos y nos dispusimos a cabalgar la noche.

El vaho de nuestros caballos y de nosotros mismos, ya daba al ambiente un tono de aventura. La luna llena le confería un aire de misterio al camino. Era un sendero por un bosque de abedules. El silencio era absoluto. Íbamos en fila india, a boca cerrada y con cascos de caballo silentes por la nieve. A veces, sorteaba alguna rama del camino. 

Recordé mi solitaria aventura de años atrás, también en diciembre, en las montañas de Canadá. En aquella ocasión, iba sólo, a pié y siguiendo mis propias huellas para volver a la cabaña donde vivía. Iba veloz y apurado, pues la nevada limpiaba el rastro que había dejado previamente. En la ida, no había observado rastros de vida, pero en el retorno, fotografié inquieto, huellas de aves, de zorros y de otros animales que luego no logré identificar.

Observé desde el caballo, que la inmaculada nieve tenía pisadas de fauna salvaje. Esta vez, tenía la misma curiosidad, pero confiaba en el grupo. Tan sólo velaba por retener al impetuoso caballo que montaba.

Cuando atravesaba claros del bosque, disfrutaba de los plateados reflejos de la luna en la nieve. Vi huellas de un encuentro de caza, en la que algún ave o conejo, habría sucumbido a un lince o algún zorro.

Cuando volvimos al establo, estaba cansado y emocionado por aquella experiencia de vaho, frío y plata por la noche del gran norte.

Entramos en una cabaña sami, era cónica y disponía de un fuego en el centro. El vértice del cono estaba abierto y disponía de una rejilla por la que atravesaba el humo hacia el cielo, donde se ahúma habitualmente la carne. 

El recinto estaba acondicionado de numerosas pieles de reno. Cenamos sopa de carne de reno, y un guiso de carne de alce; luego, tomamos un bronco café negro de puchero y un pan sami con mermelada de bayas silvestres de la región.

Los guiris hablaban en inglés. Estaba, cansado y harto de "hablar extranjero", así que me sumergí en mi mundo interior.

Cuando los guiris se marcharon, "salí a la noche" con Gunilla para mirar el cielo negro. Ansiábamos ver la danza verde de la aurora boreal. Era pesimista, tras el fiasco en Abisko, pero la suerte nos deparó una tímida aurora que me supo a poco.

Puedo decir sin embargo, que he sido afortunado por haber visto varios fenómenos del cielo: un eclipse total de sol en Mauritania; una luna de sangre en España; un arcoiris redondo llamado sundog, en Canadá y ahora una aurora boreal en Suecia.

Había amanecido. A Gunilla y mí, nos esperaba una aventura de nieve y renos; un sueño para mí que por fin se haría realidad.

Desayunamos cereales, un consistente queso de la región, embutido de reno, carne de alce, huevos y arenques marinados. Eran las 7 de la mañana. Veíamos los caballos del establo a través del cristal del comedor. Una cabra, inquieta por su avanzada gestación y un gran gato noruego, querían hacernos compañía.

El sol teñía de naranja el cielo; algunos caballos amanecían al aire libre, mientras comían el heno esparcido sobre la escarcha. Algunos alces habían saltado la valla y compartían con estos la comida.  

Partimos "al más allá", hacia los renos. Me emocioné ver una manada de renos ramoneando líquenes entre la escarcha. Nos recibió Mary, una sami que alterna el cuidado de su rebaño, con clases de sami por radio, para que los jóvenes de su etnia, no pierdan sus raíces culturales.

Supimos que entre Noruega, Finlandia, Suecia y Rusia, hay unos 150, 000 samis y nos mostró la bandera que representa este pueblo en regresión, 

Aprendimos el manejo de los renos, incluyendo su identificación animal, alimentación, nomadeo, cuidados sanitarios y la producción de carne. Supimos que durante el aprovechamiento de los pastos de montaña durante el verano, tienen numerosas bajas por ataque de osos, wolverines y linces, principalmente.

Mary se sorprendió por mis preguntas técnicas y le confesé que era veterinario. Me enseñó entonces, corrales, embarcaderos e incluso un matadero específico para renos.

Disfruté enormemente dando de comer líquenes a los renos y ayudé a seleccionar dos machos con los que recorreríamos un largo trecho dirigiendo individualmente un trineo. 

El reno que me tocó en suerte, emprendió a galope y a duras penas pude mantenerme estable en el trineo en la primera curva cerrada. Poco a poco, pude controlarlo y disfrutar de una experiencia única y maravillosa.

Al bajarme del trineo, me hundí en la nieve casi hasta la cintura, estrellando mi cara sobre la nieve. Pude salir con ayuda  de un sami y quedé tendido en la nieve. 

Nos refugiamos en una cabaña sami. Nuevamente el fuego, las pieles de reno, una sopa de reno, verduras cocidas y un negro café de puchero, todo servido en típicos cuencos de madera, con asa de empuñadura.

Creímos terminar la jornada, cuando de vuelta a nuestra residencia, paramos en Kiruna. El conductor del coche, nos mostró su casa y admiramos una piel del oso que había cazado, un hueso que tienen los osos en el pene, una cola de urogallo, bolsas de cuero, donde los samis guardan el café, el té o las especias, calzado y diversas artesanías hechas de madera y cuerno tallado de renos.


Caballos islandeses

Gunilla y yo en la cabaña sami

Sundog
Aurora boreal
Amanecer en el centro ecuestre

Alce

Bandera sami
Hacia el mundo del reno

Con Mary, la mujer sami que nos atendió
Dando de comer liquen a una hembra de reno 
Preparando los trineos






Gunilla, siempre feliz en la nieve


Tras el "hundimiento" en la nieve
Cabaña sami



Wolverine
Lobo 
Línce
Con sombrero sami. Si el adorno rojo es 
lateral, significa que el portador es soltero;
si lo tiene hacia delante, que está casado
El hueso peneano o báculo que tienen los osos
Artesanía sami


































domingo, 26 de enero de 2020

Suecia en la mirada. Capítulo 4: Lapland; Abisko

Lapland, la Laponia sueca, se encuentra en el Círculo Polar Ártico. Para llegar allí, desde el sur del país, necesitamos día y medio de viaje, primero en coche, luego en ferry y finalmente, en tren. Este enclave, se halla en el límite de la frontera norte con Noruega y Finlandia. Está más al norte que la mayoría del territorio de Canadá e incluso Siberia. Es decir, es un lugar muy, pero que muy frío.
En sus alrededores, es muy probable ver auroras boreales. En él abundan alces, linces, osos, wolverines, lobos, zorros árticos, urogallos, etc.  

Durante nuestra estancia en el sur, habíamos visto grandes heladas, pero no había nevado. Pasar las Navidades en Suecia sin ver la nieve, era para mí una sorpresa y una decepción, pero sabía que en Lapland sería diferente. Nuestra primera parada, sería Abisko, muy cerca del famoso Tromso noruego. 






Cuando llegamos a nuestro hotel, vimos una hamaca y consideramos que era una nota de humor, pues en nada se parecía aquél paraje a un país tropical. No tardaría en fotografiarme en ella. 

Los alrededores eran impresionantes. Comprendí enseguida, que Gunilla y yo, proveníamos de dos mundos muy diferentes. Ella estaba feliz en su medio, mientras yo, aún admirando aquel hermoso lugar, tenía el alma encogida. 

Vimos una cascada helada. Un monitor del hotel, enseñaba a escalar la pared de hielo, con arneses de seguridad. Recordé mis escaladas en roca, cuando hice cursos de alpinismo en los Pirineos, a mis 22 años y pensé que, tal vez, aún no era lo suficientemente viejo y podía hacer una pequeña locura. Reservé una hora para subir al día siguiente, a primera hora, pero durante la noche, comprendí que debía anular la reserva.
Hicimos una travesía por un circuito prefijado. Íbamos con linternas frontales, pues desconocíamos si nos caería la noche antes de terminarlo, dado que no había más de 2 horas de luz al día.

Pasamos por un túnel decorado con escenas de los samis, el pueblo nómada de la región, que en contra de lo imaginado por mí, no eran morenos y de ojos rasgados, sino rubios y de ojos azules. A nuestro paso, oíamos música sami que se activaba automáticamente con sensores de movimiento.
Llegamos a un mirador cubierto, revisto como puesto de observación de auroras boreales 
El paisaje era maravilloso y divisamos un alce en la lejanía
Al hueco entre las dos montañas, le llaman la "Puerta del norte"




Sentados en el autobús, percibimos los efectos de la ventisca de nieve sobre las ventanas del vehículo. En estas condiciones, temíamos que el viaje que emprendíamos, fuera un infierno


Tras la cena, Gunilla y yo nos alejamos aproximadamente un km del hotel. Era de noche, pero había luna llena. Pretendíamos ver auroras boreales, lejos de la contaminación lumínica artificial. Me inquietó oír el crujido de una rama rota y pensé qué pasaría si hubiera lobos por el lugar. Estábamos solos, sin protección alguna e insistí en volver.

Horas más tarde, fuimos con más personas al mirador que ya habíamos visitado de día. Pasamos mucho tiempo, expuestos al frío y al viento, siendo un fiasco, por lo que regresamos definitivamente al hotel.

Estuvo nevando toda la noche con una fuerte ventisca. El tren proveniente de Noruega que nos recogería a media mañana, no pudo emprender el viaje. El osado conductor de un autobús, nos llevó a primera hora hacia Kiruna, donde pasaríamos mucho tiempo hasta que un sami, nos llevara a un centro ecuestre donde nos alojaríamos aquella noche.

Circular por aquella ciudad minera por aceras heladas y caernos al suelo en varias ocasiones con nuestras pesadas mochilas, fue sin duda la peor experiencia de mi larga estancia en Suecia. 

Suecia en la mirada. Capítulo 3: Sólo música

El pueblo sueco es culto y con gran sensibilidad por la música. Durante mi estancia allá, he asistido a numerosas actividades musicales. Nada más llegar a Goteborg, oí un concierto de jubilados.

Estación de autobuses de Goteborg

En Lysekil, mi inicial ciudad de destino, presencié en su iglesia un precioso y entrañable concierto navideño 

Apenas dos días después, hice lo mismo en la Iglesia de la población de Billingfors


Relacionarse con amigos de otro idioma, no siempre es fácil. Me avisaron que fuera a Suecia con ropa elegante para asistir a un concierto. Entendí que ir con una chaqueta de sport, camisa y corbata, era suficiente para asistir al evento, pero comprobé con estupor que no fue así. 

Gunilla y su familia, asistieron con terno de gala y me encontré en una situación incómoda. el concierto era en el palacio de la Ópera de Göteborg. Ya en la entrada al recinto, divisé algún extemporáneo caballero con sombrero de copa, señoras de largo, con magníficos peinados, algunas con diademas parecidas a coronas, señores de chaqué, con fajines, bandas de seda, zapatos de impoluto charol, condecoraciones, guantes blancos,.... Aquello parecía la ceremonia de entrega de los premios Nobel y me sentí entre incómodo y desplazado. 

Los suecos tienen un cuidado protocolo, inspirado en el británico. Un pueblo hermoso, luciendo sus trajes de gala, era un precioso espectáculo. Decidí observar la alta sociedad de la ciudad, desde un discreto lugar. 

Algunas señoras, lucían grandes tatuajes bajo la transparencia de sus sedas; aislados varones escoceses, iban ataviados con su terno tradicional; bastantes militares, portaban sus uniformes de gala; no faltaron jóvenes rompiendo la lógica de los mayores y el que escribe estas líneas, con una verde chaqueta austriaca.

Terminado el concierto, supe que el gran escenario se había transformado en una pista de baile y que debía bailar valses, como era tradicional en este concierto navideño.

El gran velero atracado en el muelle, es un hotel flotante
Ópera de Goterborg





Cena de los asistentes esperando el baile



  
Presencié una película sobre el concierto de André Rieu en el edificio de la Ópera Sydney. Fue en Bengtsfors, una población cercana a Ed. Violinista y director de orquesta, Rieu es un magnífico show man holandés, que encandila, divierte y enamora a los amantes de la buena música. Disfruté enormemente de aquél espectáculo y a la salida, tuve que enfrentarme de nuevo a la fría noche del invierno sueco.

Camino de casa, una liebre variable, corrió largo rato delante de nosotros, deslumbrada por los potentes faros del coche. Fue emocionante ver aquel desconcertado animal, con su blanco pelaje de invierno








See the source image