lunes, 30 de octubre de 2017

Indonesia. Capítulo 2. Sumatra::Trekking en la selva.

Durante mi lejana juventud viví dos años en el desierto del Sahara,cocretamente, en Nouadhibou, Mauritania, Era director técnico de una importante empresa de transformación de pescado.

Periódicamente, recibíamos la visita de un belga, importador de pescado para el Zaire. Siempre comentaba que la selva era calurosa, húmeda, llena de alimañas y agobiante. Admiraba el desierto, con sus amplios horizontes y con menos riesgos personales.

Recordaba un proverbio americano: "Siempre es más verde el césped del vecino."  quiero decir con ello, que mientras el belga envidiaba mi vida en el desierto, yo, que solo veía verdor mirando las algas del mar en marea baja, ansiaba conocer la selva. Tanto es así, que cuando el barco se llevaba el pescado, mi vista seguía su estela de espuma hacia el sur.

Con los años, me adentré en la selva de la isla de Sao Tomé, en el golfo de Guinea. De origen volcánico y de ubicación ecuatorial. Era muy cerrada y la hierba me llegaba hasta la rodilla. Aquí hay dos riesgos: una araña muy venenosa y la cobra prieta, cuya mordedura es mortal. Me decían que no me acercara a ella a menos de un metro, pero era imposible detectar cualquier alimaña en aquellas circunstancias y sentí angustia rayana en pánico.

Una de las actividades de este viaje, era un trekking a pie por la selva de Sumatra. Tenía algo de miedo, pero me sobrepuse. De entrada, me disgustó pasar un pequeño río en bañador y con los pies descalzos. Como sanitario, pensaba en numerosos parásitos tropicales y me sentí realmente incómodo. 

Ya en la otra orilla, nuevamente calzado y protegido por repelente de insectos y una chaqueta mosquitera, me adentré en la selva tras el guía.

Durante el camino, vimos plantas medicinales, algún mono y muy escasas aves. Me pareció una selva muerta, pero había vida. Evitaba ramas espinosas, raíces aéreas, raíces superficiales, troncos caídos y todo tipo de obstáculos. Una sanguijuela se me pegó en una mano y acerté a verla antes de que engrosara demasiado con mi sangre.

Estos parásitos, inyectan a sus hospedadores una sustancia anestésica y otra anticoagulante. Lo sé por experiencia. En Coffs Harbour, Australia, me sentí húmedo y al mirarme, vi una gran mancha de sangre en el suelo debido a una sanguijuela.

Esta vez, pude ver varias sobre las hojas y los troncos de los árboles. Daban un latigazo y saltaban sobre cualquier animal de sangre caliente que pasara.

Iba protegido por la ropa y tenía los calcetines por encima del pantalón como precaución adicional. Llovía a veces intensamente. Mis gafas estaban empañadas, a veces resbalaba sobre el húmedo terreno y me costaba sortear los obstáculos y subir por las empinadas pendientes del lugar.

El esfuerzo físico era notable y no lo estaba pasando bien. Recordé las palabras de un fotógrafo profesional que conocí en el sur de Etiopía. había estado en Rwanda para fotografíar gorilas en la selva. Me contó que hay que tener un gran fondo físico para ascender con rapidez por las montañas selváticas en busca de estos animales.

Comprendí que ir tras los gorilas, no era una experiencia a mi alcance y pensé que  tampoco me llenaba en exceso el paseo por la selva de Sumatra.

Terminada la travesía por ésta, me desprendí de mi ropa húmeda. Una de las patas de mi pantalón, estaba teñida de sangre. Varias sanguijuelas se habían adherido a mis piernas y la sangre chorreaba hasta el suelo.

No fue una agradable actividad y me sirvió para comprender lo que aquél belga me contaba en mi juventud.



    Sanguijuelas  esperando su oportunidad de saltar sobre un hospedador




Sanguijuela tras succionar la sangreResultado de imagen de sanguijuela indonesia con sangre
   Preciosa cascada durante el camino




    Atravesando un puente colgante para acceder al bungalow de la selva donde nos alojábamos




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