domingo, 9 de septiembre de 2018

Amor en el jardín.

Cuando construyeron mi casa, diseñé e hice mi propio jardín. 

Partí de un pedregal, donde abundaban las víboras.


Fue mi obra personal. Quería inundar de belleza mi vida y la de mi familia.


Escogí los árboles, cavé con mis propias manos los huecos en el suelo, los planté y los cuidé con gran amor.


En sus raíces, hay tierras de los lugares entrañables de nuestra familia: de Sevilla, Castañeda, Peñaranda de Bracamonte, Tamames de la Sierra y de la tumba de mis padres. 


También hay tierras de las casas de otros seres queridos, de España, Míchigan, Nueva York, Francia, Grecia, Suecia o Nueva Gales del Sur en Australia.  


No faltan muestras  de arena, de cada país que he visitado procedentes de los cinco continentes: India, Nepal, la Reunión, Bosnia, Canadá, Tanzania, Etiopía, Egipto, Vietnam, Camboya, Noruega, Suiza, Italia, Marruecos, Argelia, Senegal, Guinea Bissau, Sahara Occidental y Sao Tomé e Príncipe entre otros.


Mis árboles crecen sobre arenas de lugares históricos, como las playas del desembarco de Normandía, de la isla de Santa Elena, donde murió Napoleón, la isla de Gorea, de la que enviaban los esclavos al Nuevo Mundo o de la ignota isla Pitcairn, en la que se escondieron los amotinados del mítico Motin del Bounty.

También hay muestras de todos los desiertos importantes del mundo; de las cimas de algunos de los volcanes míticos del Planeta, como el Vesubio, el Etna, el Fuji o el Kilauea y otros más, algunos de reciente erupción, como el Pitón de la Fournaise en la isla de La Reunión, el Erta Ale y el Dallol en Etiopía o el volcán Bromo en Indonesia.


Tampoco faltan muestras de lugares extremos del mundo, incluida la Antártida.  


Estas muestras de arena y tierra, son un compendio de los avatares de mi vida. 


Unen sentimientos, historia y aventuras, en un mundo globalizado que ha hecho de mí lo que soy.


Durante dos décadas, he visto crecer mis hijos y mis árboles. Todos han contribuido en gran medida a mi placer y mi felicidad. 


Los hijos marcharon para recorrer su propio camino y yo, quedé en mi jardín, cuidando de mis hijos de madera.


Mis árboles son fieles compañeros que han agradecido mis cuidados, dándome sombra, belleza, sabores y paz interior. 


Han presenciado fiestas, carreras de sacos, acampadas infantiles y la vida de una familia. 


Incluso han reído cuando he pintado los caracoles del jardín con pintura fluorescente, para observar su caminar nocturno por el césped.


Han oído mis risas y han visto cómo el agua lavaba sus hojas y arrastraba mis lágrimas de tristeza.


Han dado sombra a seres queridos que se fueron para siempre y que nunca volverán.


Cuando nadie me mira, los abrazo, noto su fortaleza y siento un gran bienestar.


Hace años, escribí los nombres de mis seres queridos en las heridas de sus ramas podadas. 


Al cicatrizar éstas. los nombres quedaron recubiertos por sus cortezas. 


Permanecen desde entonces, encerrados para siempre, como perduran en lo más profundo de mi alma.


A veces, he pensado que debía ligar mi destino a mis árboles y pedir que a mi muerte, entierren mis cenizas en sus raíces. 


Sería un homenaje a los amores de mi vida y a mi historia, así como una forma de perpetuar mi propia existencia.


Pero la vida continúa, mi alma vuela por el mundo y aún me esperan nuevos paisajes y vivencias. Parece que mi destino aún no está escrito. 





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