sábado, 12 de diciembre de 2015

Las tetas de Malunda

Macario, el viejo molinero, vivía de la maquila, moliendo trigo.

Siempre andaba con el lápiz en la oreja y liaba los cigarrillos a mano, sellando el papel de fumar con un certero lametón en su justa medida. 

Matías, su abuelo era el menor de 7 hermanos y marchó muy joven a Méjico para hacer fortuna. Era de sangre caliente, como todos los Mandutas, el apodo de la familia.

Andaba a faldas, cuando un mejicano de poblado bigote, le sorprendió enseñando a su hija la receta del sobao pasiego, pero en su variante erótica.

Pudo esquivar la balacera.
Huyó por pies con lo puesto, hacia la Cuba aún española, allá por 1890.

Tras el hundimiento del Maine por los propios norteamericanos en aguas cubanas, éstos usaron el hecho como excusa para declarar la guerra a España.

Una tórrida noche caribeña, el destino le llevó hasta Malunda, una preciosa y cálida mulata, de la que habría de enamorarse perdidamente.

Cuentan que Malunda, prendada de aquel rubio español, le había hecho magia negra y le había subyugado, de forma que solo veía por sus ojos.

En realidad, Matías había seguido la gota de sudor que cayó por el cuello de Malunda y se perdió entre sus grandes senos, realzados por un apretado corpiño.

Aquella noche, Matías cabalgó por la piel de ébano de Malunda y nunca más, quiso a otra mujer.

Matías había hecho una pequeña fortuna, aprovisionando las tropas españolas durante la contienda y regentando la Taberna del Pellizco, a la que acudían soldados, malandrines, husmeadores de sobacos femeninos y algún que otro criollo que espiaba para los gringos.

Cuando Matías dio la guerra por perdida, cogió su pequeña fortuna y embarcó hacia España con Malunda, ya en avanzado estado de gestación.

Dio a luz durante la travesía, en un velero que hacía la ruta a Santander. 

Era una niña y un cura castrense, manco por una herida de la guerra, la bautizó con su única mano disponible.

Rona, había nacido casi blanca, pero el sol de la travesía, asomó un precioso color de piel, que le daba un tono exótico y caliente 

Cuando Malunda bajó en el Palacete del embarcadero, fue la sensación de cuantos la vieron por la pasarela.

Era alta, voluptuosa y tenía una mirada altiva. 
Su túnica blanca, realzaba el chocolate de su piel y sus dientes relucían hermosos en aquél día azul.

Matías compró un viejo molino de agua con una casa de piedra, la arregló y se instaló allí con sus "dos chocolates", como gustaba llamarlas.

El negocio de la maquila, no iba mal, pero apenas daba para satisfacer los gustos de Malunda, que tenía aires de grandeza.

Una aciaga tarde, Malunda huyó del molino con un "engatusador de hembras" y nunca más se supo de ella.

Rona, creció sana y hermosa, cuidando de su atribulado padre, que moriría de pena sin su mulata.

 Años más tarde, se casó con un apuesto montañés que la colmaría de felicidad.

Pero la desgracia llamó nuevamente a la puerta.

Durante la guerra civil española, su joven marido, combatió con los Nacionales. 
Terminada la contienda, marchó como voluntario a la División Azul, muriendo en el frío invierno frente a Moscú.

Rona había dado a luz a un niño, al que bautizó Macario, con el empezó esta narración

Rona y Macario, molían el trigo y daban comidas montañesas y criollas, aprendidas de Malunda.

Cuentan en el lugar, que una noche, sirvió a un maqui, el famoso plato:

La vaca frita

 Ingredientes

1 kg de falda de res
2 cebollas
3 dientes de ajo
1 limón
Pimentón
2 cucharadas de aceite vegetal
1 cucharadita de comino molido
Sal
1 cucharadita de pimienta negra

Preparación

Servir la carne con la cebolla, el pimentón y la sal. 
Colar y reservar la carne para luego mecharla y dorar en aceite, junto a una cebolla en juliana, los ajos machacados, el comino y el zumo de limón.
Agregar sal a gusto, rociar con pimienta y esperar hasta que estén bien tostadas las mechas de carne
Servir con arroz o plátanos fritos 

Rona, con sus nietos 
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viernes, 11 de diciembre de 2015

El beso de la pastora

Mario estaba enamorado de Dora, una hermosa pastora, que cuidaba un rebaño de ovejas merinas por la sierra de Salamanca.

Era una zagala hermosa y todos los solteros de Tamames de la Sierra, bebían sus vientos.

Era alta, sus caderas tenían la justa medida para contornearse y su pechos eran dos senos de lujuria.

A su paso, despertaba la pasión de los muchachos.

Su tez morena, resaltaba el azul de su mirada.
Su sonrisa irradiaba paz, felicidad y encanto.

No había otra hembra mas hermosa en la comarca.
Los jóvenes del pueblo, vigilaban para que ningún muchacho de población vecina, les hurtara aquella belleza sin igual.

Dora salía cada día con su rebaño de ovejas merinas.

Amaba su trabajo.
Su amigo Leandro, un joven veterinario, le había contado que esta raza, era muy preciada en lejanos países, por la calidad de su lana.

Al pasar por la calle con su rebaño, se mezclaban los balidos de las ovejas, el sonido del cencerro y los silbidos ocultos de los muchachos.

Mientras, ella entonaba una preciosa melodía, que embelesaba a los viejos y henchía las venas de los jóvenes casaderos y hasta de los ya casados.

El hijo de un pudiente ganadero, la pretendía sin cesar, pero Dora, no parecía corresponderle.
Pasaba el tiempo y nadie podía rodear su preciada cintura.

Un día, se oyó en el pueblo una canción:

La zagala que enamora,
va al monte con ovejas;
quiero abrazarla, madre
pero ella no me deja.

La zagala de mis sueños
no se asoma a la ventana,
cuando canto mis amores
con la luz de la mañana

Una vez,  Dora fue a las fiestas del vecino pueblo de Segoyuela y la invitó a bailar un periodista australiano.

Había venido, para hacer un reportaje en las tierras de Castilla, pues de allí procedían las ovejas merinas que tanta fama tenían en su país.

Era un apuesto joven, largo, pelirrojo, de ojos azules y de blanca tez.
Surgió el flechazo entre ambos, mientras mantenían embelesados sus miradas.

Él la besó en los labios y fue correspondido.

Aquello encendió los ánimos de los jóvenes de la comarca, ya cargados de vino.

Los mozos de Tamames, de Segoyuela y de Abusejo, arrancaron a Dora de los brazos de Andrew, que así se llamaba, el extranjero.

No podían consentir, que un extraño enamorara su paisana más codiciada.

Andrew intentó rescatarla de aquellos jóvenes, pero fue violentamente derribado al suelo y recibió algunos golpes.

Los días siguientes, Dora visitó al joven pelirrojo, mientras se recuperaba de las heridas recibidas.

El joven, la enamoraba con historias de  Australia y ella, le cantaba viejas canciones pastoriles.

Un año después, Dora se había casado con Andrew.

Vivían en Coffs Harbour, una ciudad australiana, famosa por la Big Banana y por la fábrica de carretillos de huerta de Wilson Dale.

Había abierto el restaurante "El Fiasco", donde servía suculentos platos castellanos, a base de cordero, ataviada con el famoso sombrero Akubra

A veces, Wilson y Kate, su hermosa mujer. visitaban el restaurante.

A Dora no le agradaba que Wilson añadiera salsa de menta a sus sabrosos platos, pero se acostumbró a los gustos de aquélla gente.

Fue entonces, cuando adaptó la receta española de rabo de toro, a la cola de canguro, teniendo de inmediato, un enorme éxito.

Cola de canguro a la castellana
  
Ingredientes:

3 kg de cola de canguro
2,5 kg de cebollas   
6 dientes de ajo
1 sobre pequeño de azafrán
10 g de pimienta molida
1 litro de aceite de oliva
2 kg de tomates maduros
1 sobre pequeño de colorante alimentario
1 litro de vino de Jerez

Procedimiento
Limpiar la cola y cortarla por las coyunturas
Freír la cebolla con los ajos, hasta que quede bien dorada
agregar los tomates partidos en crudo, el azafrán, la pimienta, la sal y los trozos de cola
Rehogar durante 15 minutos
Añadir el vino y el colorante, cuando todo esté dorado.
Hervir a fuego lento, hasta que el vino se consuma. 
Verificar que la carne está tierna y en caso contrario, añadir agua.
Una vez cocinado, dejar reposar el guiso

martes, 8 de diciembre de 2015

Noche de piel

Tenía expresiones medidas.

Decía susurros con delicadeza de mujer, con femenino misterio,
despertando pasiones.

Parecían pompas de jabón, que estallaban en la piel, para dejar en ella su rocío.

Tenían un intrigante aroma de sabor, que no se podía paladear.

La luna plateaba las siluetas.
 Un hombre y una mujer, acompasaban sus palabras con el lenguaje corporal

Las estrellas rilaban en la sábana negra del firmamento.

Se desató un alud de sentimientos, que podían abocar en un sendero perdido,
o en una tumultuosa noche de piel y satén.

Cerebro y corazón, se debatían entre la cordura del sosiego y la locura de una atracción prematura.

Se enfrentaban la sabiduría del tiempo a la pasajera oscuridad sin futuro.
Disyuntiva de amor con calma o pasiones de piel.

Y pudo la serenidad de espíritu a la gimnasia del amor.

Miradas cómplices, sonrisas devueltas, encuentros de manos, pasión refrenada y corazones desatados.

Se lanzaron al mar de las dulces palabras e intuyeron un camino compartido, superando historias fallidas.

Aún susurraba pompas de jabón.
Los dos versos libres, cogidos de la mano, caminaron hacia el sol.




Pasión entre pucheros

Marenga trabajaba al amor de la candela.

Hija de un amor prohibido, se había criado en la dureza del tiempo.

Vestía en harapos de colores, dulcemente cosidos a la luz de la lumbre.
Su cuerpo de niña había cambiado a sinuosas curvas de pasión.

Lucía una silueta de pecado, bajo su vestido de pobre.

De muy joven, se cimbreaba como un junco valiente, al son del viento.
Su piel era de pálida porcelana, pero sus manos tenían los callos del vivir.

Ahora, su amante, un antiguo marinero, había cazado para ella un jabalí en el monte.
Tendría plato caliente para combatir la gazuza y calentar su preñado vientre.

Morgana, su madre, se había entregado a un marino danés .
Cuentan que al verlo en el viejo molino, sucumbió a su sonrisa de verde mirada

Cuando el viento insufló las velas del navío, se llevó al norte la pasión de su noche,
pero ella guardó su semilla en las entrañas.

Pasadas las nueve lunas la parió a la luz del candil.
La yegua de la cuadra, relinchaba inquieta, al oír los gritos del dolor de vida.

Marenga había crecido entre fogones de grandes ollas.
Su madre era cocinera en una casa de postas en la fría Normandía

Le enseñó el arte de cocciones, asados y escabeches.
Dominaba los tiempos de fuego y conocía como nadie, el uso las especias.

Nunca faltaban en su templo de sabores.
Junto a la dorada mantequilla normanda, usaba laurel, pimiento, romero, tomillo y otras hierbas secretas traídas por fugaces viajeros.de lejanas tierras.

Decían que en su huerta, crecían  hierbas que peregrinos de la ruta de Santiago, habían llevado a su regreso.

Sus turgentes pechos de inminente maternidad, se movían  al agitar los sabores del puchero.

Estaba feliz.

Ansiaba ser madre y esta vez, su marinero se había quedado en tierra.

Juntos, navegaban su felicidad por las verdes tierras normandas.

Aquel puchero, guardaba el sabor de su historia, la esperanza de vida y el amor de pasión que la enajenaba de placer

 Aquél cocimiento, era una obra de arte y amor, cuyo secreto, transmitiría solo a sus descendientes.
.
Con el tiempo, Marenga, la hija de Morgana, enseñó las artes culinarias a  su hija Manila y ésta a Mesana.

Fueron tiempos felices, de fogones y pasión.
Siempre con un marinero en tierra, cambiando las olas del mar, por los surcos del terruño y los senos del placer.

La vieja receta, era la trucha a la normanda.

Mesalina, la nieta de Mesana, me enseñó su secreto de familia, cuando tras una loca noche de pasión,  abandoné mi barco, para dormir con ella, todas las lunas de mi vida.

La vieja casa de postas, había sobrevivido el desembarco de Normandía, tras haber sido residencia de oficiales nazis durante la Segunda Gran Guerra.

En la actualidad, nuestra hija Nora, espera su marinero en tierra, mientras prepara gloriosos platos, entre ellos,

La trucha a la normanda

• 6 truchas limpias y evisceradas

Salsa:
• 3 chalotes
• 40 g de mantequilla de vaca normanda
• 1,5 litro de mejillones
• 2 vasos de sidra
• 45 cl de crema fresca


Presentación:
• 3 cebollas
• 1 ramillete de perejil triturado
• Sal y pimienta con molino


1. Pelar los chalotes y cortar muy fino antes de pasarlos por la sartén con mantequilla, durante unos minutos. Añadir los mejillones, el vino blanco, y dejar cocer todavía 5 buenos minutos, moviendo. Quitar las cáscaras y reservarlas.

2. Recuperar este jugo de cocción filtrándolo con un colador fino. Verterlo en un cazo y completar con la crema fresca, y luego calentar a fuego medio y dejar reducir unos 5 minutos. Salpimentar al gusto.


3. Precalentar el horno a 220°C (ter. 7-8). Colocar las truchas en una  fuente, unas junto a otras. Pelar y cortar fino las cebollas antes de repartirlas por el pescado. Añadir los mejillones y cubrir con la salsa a la crema.


4. Enhornar durante unos quince minutos, el tiempo que dure cocer las truchas, y espolvorear con perejil picado, antes de servir.

lunes, 7 de diciembre de 2015

Leche y miel

El jardín clama mi responsabilidad.

He viajado y mucho.
 He cuidado jardines ajenos, para vivir en hogares del mundo, hablando otros lenguajes, abriendo corazones y arrancando sonrisas.

He cuidado viejos parterres de flores perdidas, como a veces se secan las ilusiones.
He saneado inmensas y hermosas rocallas, devolviéndolas belleza y el esplendor.
He creado huerta de sabores de futuro, que no degustaré desde la distancia.

He dejado en Australia, sudor, vida y amor de vida
Y he vuelto a las raíces de mi hogar.

Alguien dijo, que a los hijos...

Hay que darles "alas para volar y raíces para volver".

Y yo soy hijo de esta tierra. 

Benditas montañas, de verdes laderas y blancas cumbres; alegres mares de azules espumosos, melancólicas nubes de grises cielos; tenebrosas simas, que me  atraen y subyugan.

He vuelto a por leche y miel; a por sentidos y sentimientos; a por amores de vida; a abrazos de amigos; a manos tendidas; a sonrisas otrora lejanas, que miraba en la cara de la luna.

He vuelto a mi patria chica, pero grande, hermosa y bravía, con sus pecados y su nobleza.

Mi jardín llora, porque le he olvidado
.
. Los árboles sueltan sus hojas, entre el oro y sangre de sus colores, el verde de la hierba se cubre de hojarasca y los peces del estanque piden agua limpia.

Y yo, egoísta, inconsciente, impasible y frío, 
he preferido las sábanas del descanso, la música de flotar en el aire y el teclado de la inspiración.

No duermo seguido, me obsesionan las letras, me olvido del plato de cuchara y solo pienso en nutrir mi alma y mi autoestima, con prosa en poesía,.

Solo quiero volar como Juan Salvador, Gaviota, por supuesto, al éter de la montaña, sobre la espuma del mar o bajo las nubes de plomo.

Leche y miel.
Parco desayuno para un cuerpo cansado, de un alma soñadora.

Leche y miel, 
Ungüentos de felicidad, para inundar mi cuerpo con placeres sencillos.

Soledad, meditación, clorofilas de tierra, yodos de mar, hojarascas del camino cerrado, maletas inquietas, miradas ausentes, sueños presentes...y ¿ahora qué?

Leche y miel, 
Prosa y poesía, incertidumbres en la sombra, sol esquivo, aire puro, paz y preguntas, respuestas sin llegar.

Leche y miel,
Invierno ahora, tiempos de Cruz y campanario, villancicos, turrones, uvas, de ilusiones tal vez

Leche y miel, 
¿Por cuánto tiempo?

¿O tal vez, dátiles y miel?
Llegan vientos de desierto, de media luna, minarete y muecín.
Resuenan llamadas de oración en tierras extrañas.

No son las mías, pero son hermosas,
misteriosas, diría yo.

Pero aún es tiempo de leche y miel.

Marcho al jardín, a crear belleza, a dar amor a la tierra de mis entrañas.

Porque como ya decía, 

"Sé volar, pero mis raíces, están aquí"


  




domingo, 6 de diciembre de 2015

Desde la noche

Mis desvelos nocturnos, son mágicos momentos de escritura, no exentos de imaginación, intimísmo y verdades a cañón. 

También lo son de escritura fecunda, sin brújula cierta, a la deriva, sin importar la altura del oleaje, ni los riscos de la costa. Un peligro y eso que no estoy, ni húmedo ni fumado. 

Ya me voy adaptando al frío. 

He sacado la ropa de invierno y dudo en guardar la de verano, pues aún no tengo claros mis próximos viajes.

6 semanas y 6 kilitos menos. Ese es el balance australiano. Me valen algunos pantalones chinos y otros de pana, pero me he quedado sin la franela. 

Bailo en algunas chaquetas, estilo "el muerto era más grande" y me sirven algunas antiguas que me lucían morcillonas.

Me valen las corbatas, pero al jubilarme, me quité el calendario de la cartera, el reloj de la muñeca y la corbata del pescuezo. Casi necesito un nuevo agujero en el cinturón, so pena de usar "tirantes de mediados del XX"

A veces pienso, que unos tirantes, un sombrero para que no se me caigan las neuronas, una pajarita, que ya tengo y si las canillas siguen sonando, un bastoncito de tercer pie y tercer ojo, me darían un toque de elegancia personal y un marchamo definitivo de literato de café o tal vez, de viejo caballero español, con cara de gotero y aspirante al marmolillo.

Pero aún no tengo los signos definitivos de la cuesta abajo. 

Cuando veo una hermosa serrana, se me alegran los ojillos y hasta pienso que aún tengo capacidad de achuchón y alegría, pero ya voy con la modestia del gato viejo. 

Miro el escaparate de la pastelería, pero a sabiendas de que hay muchos dulces que me están vedados.

Me gusta sentarme en un banco a ver pasar el mundo. 

Juncos de nuevas cosechas, señoras con el síndrome del mandril, abuelas en plan de nietas, nietas queriendo ser mayores e incluso algunas, con curiosidad por la vida, aguantando el tipo, con falda escocesa y cortos calcetines, y damas con historias, vencidas por el peso de la historia,... 

Pero las que más me gustan, son las del pasado siglo, paseando su vida vivida, en un mundo de colores, viviendo con naturalidad, su reloj biológico, con la dignidad del momento, la sonrisa hermosa y la mirada inteligente de quién ha visto mundo y ha sabido leerlo.

Oigo el ruido de España. Veo los ajetreos de la vida. Huelo la Navidad, se acercan los niños de San Idelfonso, las uvas esperan las campanadas, y las castañas calientan la calle, el monago y las manos , metidas en sus cucuruchos de tradición.

El árbol de Navidad sigue en su caja, un nacimiento quiere aire de hogar, los turrones amenazan mi vestuario y los nietos esperan sus plásticos de enero.

Y yo, sin saber qué hacer con la maleta, qué sentido tendrá la mirada en la brújula, mientras pienso que tal vez, se acerque el tiempo de babuchas, sopas y hogar, aunque sea para oír lo ya oído, ver lo ya visto y sentir lo ya sentido.

Tal vez, sea momento de palos de golf y cortos viajes, de civilización cercana, aunque no me verán pintando o cantando, en coro de calvorotas desdentados, no porque no dé el perfil, sino porque no nací ni para pinceles, ni gorgoritos, ni rondallas.

Va siendo hora de morcillas, gambas al ajillo, platos hondos de cuchara de abuela, las uvas del 31, el chocolate con churros de Reyes, las torrijas en tiempos nazarenos, el bienmesabe siempre y del gazpacho en verano.

Y de caviar de gallina con patatas y pimientos verdes fritos en lágrimas de aceituna o los suspiros de guarro, con aroma de bellota, en cualquier día, en cualquier momento y con cualquier excusa.

Porque ya he bebido un negro refresco ruso con sabor a humo licuado, comido guisos bosnios de alta densidad, patatas canadienses de cruda y endulzada realidad, carne con canela y menta, hamburguesas de lentejas, albóndigas de garbanzos e hígado crudo de oveja, sangrando sobre pala de cavar,.

Y canguro, cocodrilo, camello, ballena, tortuga, bisonte, burro, gato, "gambas de matorral"(saltamontes), patatas de mar, caracoles y caracolas, serpientes, gacelas, proteínas voladoras, en forma de pajaritos, palomas, perdices, avutardas, patos lacados, pollos con miel sobre base de goffre e incluso murciélagos.

Y snacks de cangrejos dulces, salsas agrias o agridulces, cosas en negra soja, lagartos, tiburones, algas y lo que yo no sé y mejor que no lo sepa, en los caminos del mundo, ya sea en mesa y mantel o en suelo, piedras y malas hierbas.

Hay quien dice, que uno de los platos más raros del mundo, es una paella bien hecha. 
Malévola maldad de malvado irónico. 

He disfrutado grandes arroces por el mundo, de cocciones variadas, colores diversos, con pipas o escamas de dulce plateado y qué se yo, pero ninguno me ha regalado más que las paellas de acá, sin contar los negros arroces de nuestra geografía.

Todavía me quedan sabores de maleta, en lejanos países, ya sea de mantel o de humos sobre ruedas, en las calles de la vida. 

Frailecillos, focas, hierbas raras, de las que no se fuman incluso una que se fuma, carnes muy cocinadas de .. mejor no preguntar y sabe Dios, que todo lo sabe, los milagros culinarios del mundo, en selvas, desiertos, costas y sabanas, que te pueden desgraciar.

Pienso, que mal tengo mis coordenadas horarias, escribiendo sobre comidas en madrugada de invierno.

Haber estado en los 5 continentes en pocos meses, vivido las 4 estaciones en 8 semanas y haber sufrido 16 horas de desfase horario en 7 días, ha despistado mis cansadas neuronas.

Afortunadamente, el naranja sube en el horizonte, la madrugada se va, los pájaros vuelan, la gente se levanta y yo, me reincorporo al afán de la vida.

Afectado con el síndrome del " escritor errante", empecé mi palabreo con un querido amigo, y poco a poco, la inspiración o la costumbre, me llevó de escritor de epístola a ser "carne de blog". 

Que tengáis un buen día, mis anónimos lectores.

viernes, 4 de diciembre de 2015

Luna mágica

Me viste nacer una noche de agosto del pasado siglo.

Fuiste testigo de mis caminos de juventud. 
Tu plateada luz iluminó mis primeros sueños de amor, a veces esquivos.

Giras sobre nosotros, mirando cientos de generaciones, dolida por los sufrimientos de las guerras,  muertes y supervivencias, en un mundo hermoso y cruel.

Has plateado el aullido del lobo, el vuelo de la lechuza, los senderos de contrabandistas, la soledad del pastor, los nidos de primavera y las nieves de las cumbres.

Has brillado sobre lomos de ballenas, aletas de peces voladores y velas de barcos en la mar.

Te escondes en la sombra del eclipse, enseñando solo un poco, como las sugerentes damas de atracción de vida.

Te dejas besar, por las nubes de la noche, que tapan con sus velos, tus ojos de mujer.

Con frecuencia, hermoseas el día, coqueteando con el sol, difuminada por su luz.

A veces estás creciente, otras menguante y otras tantas, plena en tu redonda preñez.

Has dado dramatismo y misterio en las noches de aquelarre; has enamorado al toro Amapola que bautizó el mayoral; has dado luz clandestina en noches de maletíllas de hambre y capote; te han hincado en las entrañas, una bandera con barras y estrellas y has servido para medir el tiempo de los pretéritos, con tu calendario lunar

Eras la diosa Isis de los egipcios, eres la pasividad en el Ying y el Yang y el símbolo  del Islam.

Has dado nombre a la Media Luna Roja; apareces en banderas musulmanes y dibujas en cielo, la silueta del muecín en su llamada de madrugada

Has conseguido que los despistados estén en la luna o que a un iluminado le llamen lunático. 

Presenciaste la muerte de Cristo; cada año, fijas con tu estado, la Semana Santa; mueves las mareas de los océanos; oyes los cantos de grillos y ves la luz de las luciérnagas.

Tú que has enamorado tantas generaciones y has jugado con nuestros amores y sentimientos; tú que presencias los sueños, las tragedias y los afanes del mundo,.....

... Recoge la mirada que te mando y reenviarla a mis seres queridos, tan lejos de mis pies en las antípodas y tan cerca de mi corazón. 

Tú que puedes unirnos, baña sus rostros con la luz de tu noche, entre las hojas de los árboles, en tu aparecer hermoso o en tu huida solar.

Diles que les quiero y que les veo en sueños, reflejados en  las sombras de tu geografía.

Borra de mi mente los recuerdos de las malas lunas y dame, hermosa dama, capacidad de amar, de ser mejor y de transmitir felicidad.

Finalmente, ilumina mi rostro macilento, de fin de ciclo, dame paz interior del último momento y recuerda, las veces que te soñé.


Fotografías de la luna, tomadas a pulso sobre el pecho del autor,
en una noche de noviembre, en Coffs Harbour, NSW,
Australia, mientras soñaba con su lejana familia











                                       Fotografías de la luna, no realizadas por el autor







                                                         Ya vuelvo, familia




                                                             Luna de sangre





 
 

                                                               Eclipse lunar