viernes, 11 de septiembre de 2015

Tristeza y ternura

Unos viejos amigos, compañeros de mesa y mantel en hermosas veladas, pusieron fin a su matrimonio.

Tres maravillosas hijas, fueron espectadoras y víctimas directas de la ruptura.

El hecho en sí, no es más que un frío número en las estadísticas de fracasos de parejas en España.

Es el signo de una sociedad moderna, en la que se ha puesto en solfa el valor del compromiso, voluntariamente adquirido entre los miembros de la pareja.

Adentrados en el siglo XXI, el matrimonio, como institución básica de la sociedad, ha experimentado grandes cambios.

Para empezar, se ha regulado el concepto de parejas de hecho, se ha dado carta de naturaleza y amparo legal, a la unión de personas de igual sexo, aunque muchas personas, lamenten que la denominen matrimonio y finalmente, se han agilizado los trámites de divorcio.

Todo ello, coincide con una mayor libertad en general, la pérdida de influencia de la religión en la sociedad y la desaparición de muchos prejuicios que nos condicionaba la vida.

Una consecuencia directa, es una cierta banalización del compromiso del matrimonio, tal como se concebía. 

Los fracasos matrimoniales, "fracamonios", les llamo yo, pueden estar justificados y no dudo que en muchos casos, signifiquen la liberación y la recuperación de la felicidad, la dignidad y la estabilidad emocional de muchos de los afectados.

Pero el fracaso, deja huella. Es una cicatriz que te queda en la piel de los sentimientos de por vida.

No es la primera vez que abordo este tema. En otros artículos como "Fotos cortadas" y "Alianzas de amor", ya me he referido a ello.

Tras la separación o el divorcio, queda el rictus del desencanto y plantea
entre la gente sensata, las razones del fracaso, las dudas del futuro y la necesidad de corregir los fallos en el próximo horizonte de vida.

Es frecuente, que tras una dolorosa separación de rencores encontrados y ajustes de cuentas emocionales, los actores del fracamonio, se odien para siempre.

No fue así en el caso de mis amigos. La historia tuvo un enternecedor, pero triste final.

Un cáncer arrimó la tragedia a la ex mujer y el ex marido, libre de cargas legales respecto a ella, demostró valores humanos.

No pudo olvidar que un día la quiso, o tal vez y a pesar de todo, la seguía queriendo. 

No pudo, no supo o simplemente, no quiso olvidar el compromiso de solidaridad adquirido en el pasado, cuando asumieron "En la salud y en la enfermedad hasta que la muerte nos separe..."

Divorciados jurídicamente, pero unidos por los sentimientos de la historia, él la asistió, la reconfortó, y la acompañó hasta sus últimos momentos.

El cáncer arrancó la vida de su ex mujer de este mundo convulso, que remueve los valores humanos.

Queda la tristeza de la pérdida y la demostración, de que a pesar del fracamonio, el amor y la ternura son posibles 














sábado, 5 de septiembre de 2015

Peluquero de jardín

He estado varios días en Ginebra. Mientras tanto, el feraz jardín de mi casa, me preparaba una encerrona.

El césped había agradecido el abono, el calor y el agua. Tuve que apañar la segadora y trabajar de "peluquero de jardín"

No es que sea un "estilista de imagen", de esos que hacen peinados de llamar la atención. No, se trata de tener a raya la feracidad de mi tierra y tener un rincón personal, acogedor y hermoso, no una maraña de clorofila, donde las erróneamente llamadas malas hierbas, cundan en exceso.

Digo erróneamente, porque sólo cumplen con su propia naturaleza, creciendo en su medio natural y somos nosotros quienes deseamos habilitar sin éxito final, plantas importadas en su lugar.

Mientras siego, sorteo las camelias, las hortensias y los árboles frutales y ornamentales. 

Me quejo de la proliferación de tréboles, algunas gramas persistentes y las odiosas ortigas que a veces, laceran la piel. 

No es sin embargo lo que me atribula.

El jardín es como la vida. Uno lo proyecta, planta ilusionado los árboles del futuro, siembra un radiante césped y flores por doquier.

Luego se espera con ilusión, que los estudios realizados y la realidad de lo cotidiano, plasmen la verdad soñada.

No todos los árboles crecen bien y las flores, no son siempre, tan hermosas como pensaba.

Es como la vida. Uno hace un plan, cree encontrar una pareja para la eternidad y espera alcanzar la dorada felicidad.

La vida, como el jardín, te ofrece su realidad: penas y alegrías, decepciones, ilusiones con malas hierbas y nuevas sendas tapizadas de flores.

Avanzo asido a la segadora y mientras el ruido del motor se abre paso entre la hierba, pienso abstraído sobre mi derrotero personal. A veces, sonrío una anécdota vivida, río una ironía del destino o lloro una historia.   

Mientras los girasoles miran al astro rey, las arañas tejen las telas que luego eliminaré, los peces boquean entretenidos en el estanque, los tomates maduran al sol, y los mirlos me hurtan las frambuesas.





 









Una dulce mañana

Desde que me he jubilado, veo la noche y duermo el amanecer. Qué le voy a hacer. Me gusta el nuevo día, pero soy más búho que gallo.

La cuestión es dormir 8 horas, a pierna suelta, con la mente en blanco. Si te acuestas tarde, te levantas tarde y si un día te equivocas y te acuestas temprano, te levantas con el gallo

La cosa se complica, cuando la contraparte que comparte los bienes gananciales y gastanciales, hipoteca incluida, tiene gustos horarios cambiados.

Debes entrar como un indio para no despertarla, lo que es técnicamente imposible. 

Ya por la mañana, los pájaros cantan, las nubes se levantan, se abren las ventanas al oxígeno del nuevo día y los mosquitos, aprovechan para desayunar con mi hemoglobina.

Dura vida la mía; huérfano y jubilado, que sin 8 horas reglamentarias de sábanas, debo superar las ansias de una abuela que ve en la madrugada la poesía de la vida.

Uno, con casi 14 trienios de casado, (expresión reminiscencia de mi pasado funcionarial), ya tiene el alma sin esquinas. 

Después de bajar desde la montaña a la desembocadura, por el río de la vida, mi alma es un canto rodado, pues se ha limado con los golpes del camino.

Pero hoy en casa, estaba mi nieta. Al aire y a la luz del día, desperté del letargo con un frío en los labios. 

Me los estaba pintando con unas de sus armas de mujercita de casi 4 años. No contenta con ello, me aplicaba desodorante por doquier y me estiraba de los brazos, para levantarme de la piltra.

Eran las 9:30 de la madrugada. Resignado, salí con ella al jardín.

Le puse unas viejas botas mías, que casi le llegaban a las axilas. Luego, recorrimos el paseo del goloso, apartando telarañas con la cara, esquivando alguna abeja y recogiendo frambuesas.

Ya con el botín en casa, las transformamos en un delicioso desayuno.

La nieta, en su afán de imitación, usó mi crema de dientes, se dio mi jabón de afeitar y en compensación, intentó echarme su femenina colonia.

Soñoliento yo y aseados ambos, nos fuimos a la piscina.

El primer abuelo que no haya pasado por algo similar, que lo diga.












El olor de la pobreza

He visitado muchos países de tres continentes, donde la miseria es palpable.

Distintos pueblos, diferentes razas, democracias, dictaduras, reinos o repúblicas,…

Aparentemente, deberían ser muy distintos. Y lo son, a su manera.

Les diferencian las lenguas, las creencias, los ropajes, las costumbres, la gastronomía y hasta los signos de la escritura.

Pero tienen un denominador común: la pobreza.

En estos países, los ricos son más ricos y los pobres, son más pobres.

No hay una poderosa clase media; tan solo una escasa y dominante oligarquía y una mayoría de desamparados.

Ausencia de ordenación del territorio, escasas infraestructuras, déficit de servicios básicos, inseguridad jurídica, inseguridad ciudadana, deficiente escolarización y tantas desgracias más, les asemejan más a un estado fallido que a una nación moderna.

En la mayoría de ellos, hay alcantarillas a cielo abierto, deficiente suministro de agua potable, y frecuentes y reiterados cortes de suministro eléctrico.

El caos circulatorio, la inobservancia de prevención de riesgos laborales, etc., provocan llantos de sangre y muerte, que lamentablemente, he visto en directo más de una vez.

Se palpa la miseria de los desheredados, la violencia de la supervivencia o de los predadores humanos y el horizonte no es más que una línea de desesperanza.

En este ambiente, el olor del humo de viejos y renqueantes coches, se mezcla con el de las fritangas de mala grasa procedentes de los puestos callejeros de comida, con las penetrantes especias que disimulan la degradación de los alimentos, con los fuertes perfumes que intentan encubrir ropajes de rancio sudor, los suelos con orines amoniacados y los hedores de alcantarillas con aguas negras.

Es el olor de la pobreza, sea cual sea el país que lo padezca.

Y sin embargo, suelen ser pueblos risueños. 
Pobres, pero felices.
 










¿Qué quieren las mujeres?

Responder a esta pregunta, es tener la seguridad de equivocarse, especialmente, cuando lo hace un hombre.

Hablamos idiomas, nos comunicamos con gentes de otros países y nos sabemos imbuir de nuevas culturas.

Sin embargo, no siempre somos capaces de entender lo que dicen o quieren las mujeres. Sobran chascarrillos con tópicos de lo que yo denomino "Los desafíos de género". 

La tradición transmite sobrados ejemplos al respecto; hay incluso hasta "Fandangos de desafío", como "Tu eres una y yo soy dos; tú eres veinte y yo cuarenta,...." y tantas cosas más.

Tampoco es prudente, ni cierto generalizar. Hay grupos sociales, culturales, tribales, etc., que impregnan la forma de pensar y sentir de los seres humanos. Luego está la individualidad de cada persona y por supuesto, el misterio que representa cada mujer.

A menudo, me he hecho la misma pregunta: ¿Qué quieren las mujeres?, referido a la relación con los hombres, en busca de un amor de vida.

La apariencia física, es un aspecto fundamental, en el proceso de selección. No escapamos al mandato de la selección natural. La atracción por el macho alfa, es consustancial con nuestro mandato genético.

Así pues, la presencia física, incluida la altura, la fuerza o la "dotación masculina", parecen ser los primeros aspectos de atracción. Algo así, como la posibilidad de seducción de un artículo bien expuesto en un precioso escaparate.

Pero la inteligencia y la intuición femenina, piden mucho más que un aspecto físico. 

Ya sean mujeres sofisticadas, cultas y preparadas para el mundo moderno, o hembras tan rústicas como primarias, parecen valorar algunos factores comunes. 

No me refiero a la elegancia natural, el poder económico, la procedencia familiar, la ropa de marca o la potencia de su automóvil.

Creo que las mujeres, valoran especialmente, la seguridad del hombre, pues las infunde protección; 

la generosidad, porque las induce a pensar que sabrán cuidar de una familia; 

la caballerosidad, porque toda mujer, aprecia que la traten con delicadeza y la hagan sentirse persona; 

el respeto del espacio personal, pues toda mujer, necesita sentirse un ser individual y libre;

el agradecimiento, porque debe reconocer la entrega de la mujer; 

la reserva, pues suelen valorar un cierto halo de misterio

y por supuesto,

el romanticismo, pues a toda mujer, le entusiasma cabalgar por las espumas del mar y volar entre las nubes del cielo y también,..

la capacidad de hacer reír, porque por algún motivo, la inmensa mayoría de las mujeres, quieren que las hagamos reír.

Llegado este momento, conviene indicar que un hombre risueño y simpático, no siempre sabe arrancar la risa de una mujer.

Intervienen otros factores; especialmente, cuando una mujer ya ha decidido o no, mirarle con las pupilas dilatadas.

La mayoría de los hombres, no sabemos interpretar los sutiles mensajes subliminales que nos envían las mujeres, bien por las miradas, los gestos o las palabras.

Ocurre a menudo, que incluso sus palabras dicen lo contrario de lo que quieren decir, para que sepamos interpretar lo que quieren en realidad.

No será extraño pues, que mi relato tenga errores y carencias a los ojos de una mujer. 

¡Qué se le va a hacer!

 No soy psicólogo, de esos que estudian el comportamiento humano, para luego equivocarse científicamente. 

Tan solo soy un hombre  con muchos kilómetros de vida, suficientemente observador e intuitivo, para equivocarme igualmente.

Solo creo que las mujeres son seres maravillosos, que nos dan la vida, nos dan el amor y la alegría de vivir.

Todo varón de ley, debe al menos intentarlas comprender.

Y si no lo consigue, tan solo amarlas y respetarlas.

Porque en el fondo, lo que quieren las mujeres es que se las quiera y se las respete en libertad



Nota del autor Nº 1:

Se ruega exclusivamente a las lectoras, que colaboren o confirmen mis impresiones y a enriquecer con su sutilidad, la modesta simpleza de mi enfoque masculino 



Nota del autor Nº 2:

Se ha detectado un aumento significativo de mujeres, que aspiran a una pareja masculina mas jóvenes que ellas.

  













viernes, 4 de septiembre de 2015

La moneda

He visitado nuevamente Suiza. No era un viaje de paisaje, sino de familia, aunque haya paseado por interesantes lugares.

Cayó en mi mano un franco suizo con una fecha significativa. 

Cuando moría el Franco general en 1975, nacía un franco suizo que habría de rodar mucho. En esa misma fecha, me incorporaba a la entonces provincia de Santander, dispuesto a una vida y abierto a fundar una familia.

Enterrado el militar, nacida la moneda, circuló de mano en mano, de caja en caja, de bolsillo a bolsillo.

Quién sabe qué caminos recorrió.

Tal vez, visitó la hucha de un niño, las máquinas de juego, las de aparcamiento, los teléfonos públicos,... 

Es posible que fuera alegría de pedigüeño, dádiva de culto, relamido de golosina, tráfico de droga o suerte al aire en inicio de un partido de fútbol.

O porqué no, propina de bar, paseo de tranvía, fugitivo de roto bolsillo, testigo de robo, o pasaporte de tiovivo para sonrisa infantil.

Tal vez, fuera viajero empedernido y viera mundo más allá la bandera roja de blanca cruz. Habrá oído las diversas lenguas de los cantones suizos, servido para juegos de mano, para apuestas de café, oído palabras de amor, confesiones de religión e interrogatorios de agentes.

Habrá pesado en bolsillos de malandrines, maestros chocolateros, artesanos relojeros, banqueros de postín y emigrantes de sufrir.

Y mientras rodaba la moneda, rueda que rueda, me casaba, nacían mis hijos, crecían, se educaban, hombreaban, se casaban, me nieteaban y la vida seguía. 

Perdía mis padres, perdía otros seres queridos, había guerras y falsas paces, caía el muro de Berlín, se daban golpes de estado, surgían dictadorzuelos, había corrupciones, genocidios y nuevos líderes, tomaban el relevo de la sociedad.

Mi físico se desfondaba, las canas plateaban mis pensamientos y mis ojos seguían viendo los paisajes de la vida, las lágrimas de la muerte y las miserias de un mundo que a veces, rinde triste al sol, a la lluvia y al arco iris.

Y ahí está el franco, que ahora valdría 181 pesetas; redondo, brillante, saltarín, como si no hubiera cumplido 40 años de vida.

Franco militar enterrado, franco suizo orondo y este español inquieto, con 40 años de desgaste de vida.

1975/2015, ahí es nada; la Tierra girando, el mundo bullendo y el franco como si nada, pero más valioso, gracias al chocolate, los relojes, el turismo,... pero sobre todo, a la habilidad de un pueblo, que ofrece paz, estabilidad, civismo y ... cuentas numeradas.