sábado, 2 de marzo de 2019

La mirada del burka

El almuédano estaba en el alminar de la mezquita. Cantaba el "adän", para proclamar el "salat", la oración obligatoria para los musulmanes. Su cántico sonaba insistente; misterioso; contundente:

"Dios es grande, Dios es grande" (x4)

Testifico que no hay más dios que Dios y testifico que Mahoma es el mensajero de Dios (x2)

Acudid a la oración (x2)

Acudid a la salvación (x2)

La oración es mejor que el sueño
Dios es el más grande
No hay más dios que Alá

Hacía frío de febrero y era temprano. Caminaba por las calles de Argel con otra consultora internacional.

Sorteábamos múltiples obstáculos de un camino típico del extrarradio de un país en vías de desarrollo.

Argelia vivía sus horas bajas, porque el precio del petróleo, su principal fuente económica, se había desplomado en el mercado internacional.

Pero también acusaba el golpe de una sociedad poco organizada y escasa de concepción moderna de Estado.

Tras la sangrienta guerra de independencia de Francia, cayó en las garras del comunismo, siguió luego con la década sangrienta del islamismo radical y apenas ahora, se esfuerza por salir de su histórico atraso.

Comparando el paisaje urbano de los años 80, Argelia es más negra, mas cerrada y con una concepción del Islam más rigurosa.

Fue chocante cómo algunas mujeres jóvenes en el trabajo, se negaban a darme la mano y que incluso, tuviera dificultades para no rozarles los dedos al entregarles un lapicero electrónico, por ejemplo.

Mi compañera de consultoría, entabló una conversación de calle, con tres mujeres escondidas bajo el burka. 

Dijeron que bajo esa negra prenda, se sentían más seguras por la calle y que estaban felices de mostrarse sin él exclusivamente a su marido. 

Una de ellas, había estado en Europa y cuando volvió a Argelia, se había hecho más estricta. Nos informó, que son los religiosos enviados por Arabia Saudí y el Yemen, los que aleccionan a los musulmanes en Europa.

Viéndolas y oyéndolas, no pude más que pensar, que su corta mirada a través de la rejilla del burka, las tiene, alienadas.

No son conscientes de que viven en una prisión de tela.


jueves, 28 de febrero de 2019

Amor entre sueños

El sol ha espantado la noche y la luna ha huido con su manto de estrellas.
Los pájaros intuyen la inminente primavera y sueñan sus nidos de amor y crianza.
Las garcetas tiñen de blanco las praderías de las verdes colinas.
Los aviones, "aran el cielo" con sus albas estelas de vapor y llevan en sus entrañas, soñadores de paisajes.
Tomo un desayuno de colores, con pequeños frutos de mi jardín y saco a pasear los pies, que agradecidos, me enseñan la alegría del camino.
Tras el yantar del mediodía, reposo una siesta de sofá; tal vez por cansancio o por abstraerme de insulsos programas de radio.
Distraigo el tedio con solitarios de dominó y naipes y bebo té, como siempre, desde hace medio siglo.
Dudo entre leer libros ajenos o bordar en el aire mis propias palabras y decido escribir mis sentimientos.
Los árboles, aún están desnudos, pero sus yemas henchidas, teñirán pronto el paisaje de colores. 
El sol, inquieto, busca el mar y viaja a tierras americanas.
La luna adivina otra noche y adorna su cara de negro manto, prendido de estrellas como diamantes.
La leña crepita en el fuego de los hogares y el olor de las hogueras  invita al recogimiento.
Reclino mi cuerpo en el dulce tálamo de mis sueños, fundiendo en mí, alegría y bienestar.
Un silencio "atronador" abraza mis sentimientos. Extiendo mi mano, pero no encuentro un cuerpo amigo. 
Estoy solo, en la quietud de la noche de un invierno que se acaba.
Recuerdo en mi otoño personal, las apasionadas noches de mi lejana juventud y sonrío por el amor vivido en la primavera de mi vida.
Cierro los ojos y sueño la ternura de un amor hermoso, noble, sincero y generoso.
Rostro blanco, mirada azul, belleza de felicidad sentida, de entrega sin reservas, de silencios que todo lo cuentan y de amor de complicidad y ternura.
Veo la luna desde mi sur y me muestra una mirada azul que me busca desde el frío norte. 
Nuestros sentimientos se funden en el éter, compartiendo un amor sin fronteras, que crece contínuamente.  

China en la mochila

Frío en escarcha; calor de chimenea; música suave; pájaros ateridos; árboles podados y rojas camelias previas a las mimosas.

Sueños tardíos en dulces sábanas; lentos despertares con amores de sedosa piel; sol que llama tenue a la vida; sabores naturales de la madre tierra; besos de agua en lluvia de ducha y políticos apacentando el rebaño en las ondas.

Olas besando la arena; veleros surcando espumas al viento; gaviotas en acrobacia de libertad; perros juguetones de pelota y arena; paseantes sin camino y soñadores de mares lejanos.

Aves voladas al sur; luna mentirosa creciendo y menguando; blanco invierno esperando los colores; tiempos pasados de asadas castañas; amores bajo lanas y franelas; nostalgias de luz y deslizares de nieve.

Paz, mucha paz, quizás demasiada; pies inquietos; alma viajera; corazón ávido de emociones y tiempos de sueños

Cataratas de Iguazú; la Pampa; Usuaya; tierras del perdido imperio regadas por nuestra sangre; llamas, pumas y guanacos, historias lejanas de madre patria y paisajes de proezas y nostalgias.

Selva del sur; Buda y Confucio; laderas tibetanas, etnias pegadas a la tierra y a las tradiciones; terrazas de arroz; amarillos campos de canola; magia exotismo y misterio.

Aires de primavera; ilusiones al viento; brújula caprichosa; Occidente u Oriente; aventuras de soñadores; mochilas de soles y lluvias; amores del camino; amistades solidarias y risas compartidas.

La vida llama a la vida, a botas de senderos; a humos de otras leñas; a rostros lejanos y a corazones ávidos de nuevos horizontes.

Tras semanas de dudas, de búsquedas de caminos de aventura, la brújula de la vida ha señalado el este.

Sudaré emociones fuertes en la tropical selva junto a Laos; veré atónito entre excavadas montañas, cultivos de arroz en terrazas; me impresionará el fantasmagórico Bosque de Piedra; pasearé por pueblos milenarios de la China profunda; veré en la noche, la pesca  con cormoranes; me sobrecogerán las bravías aguas del río Yantzé, allá por el Salto del Tigre; montaré en yak, por las laderas del Himalaya y viviré la espiritualidad de Shangri-Lá, en las altas montañas de frío y mal de altura.

Me esperan numerosas etnias ancestrales, de orígenes perdidos en la noche de los tiempos; vestimentas peculiares; credos diferentes; y costumbres diversas forjadas por la geografía del paisaje y la historia de la vida.

Cuatro amigos, unidos por la curiosidad de lejanos horizontes y por la camaradería forjada en tierras extrañas, viajaremos para "leer la vida"

Ansío alas y viento; risas de amistad; mochilas de paisajes perdidos y rostros de mirada rasgada. Me queman las plantas de los pies, que piden nuevos caminos. 




viernes, 14 de diciembre de 2018

Te recuerdo, padre

Querido padre, 

Si vivieras, el 18 de diciembre, cumplirías 104 años, pero un maldito cáncer, al que llamaste con el humo del tabaco, te llevó para siempre.

Me diste la vida, amor y ejemplo. Seguí tu estela, como persona y como profesional.

Te recuerdo padre, cuando me viste con los zapatos rotos en el internado y me los cambiaste por los tuyos.

¿Te acuerdas papá? mamá enloquecía de miedo, cuando me enseñabas a torear en plazas hechas con carros. Yo también tenía miedo, pero tu presencia me serenaba y yo lo superaba con coraje.

Sonreirás desde el cielo, si te digo la emoción que sentí, aquella madrugada, cuando maté, a los 13 años, mi primera liebre. 

Evoco los "momentos chocolatina", nuestra primera cerveza juntos, las lonchas de jamón en papel estraza, allá por la sierra de Sevilla; nuestro primer cigarrillo compartido; nuestras carambolas de billar; las partidas de dominó, juego del que eras un maestro y tantas vivencias más. 

Seguí tus pasos, y luego, volé alto y lejos, a tierras extrañas, de paisajes salvajes de otras lenguas y rezos.

Había seguido tu estela, pero luego, seguí mi camino, olvidando los toros bravos y la caza, pero nunca olvidaría ni tu amor ni tu ejemplo.

Ya padre, me hacía el dormido en el sofá, entonces, me arropabas con una manta de viaje y me dabas un beso. Mi alma de hombre, sonreía disimuladamente, porque le dabas ternura al niño que ya no existía. Lo mismo que tú hacías, cuando también tu padre, arropaba a su niño Leandro.

Intento seguirte, padre, pero no es fácil imitar tu bondad, tu generosidad y tu entrega.También yo arropo mis hijos cuando duermen y ojalá sean algún día, tan buenos como tú; sería mi gran obra en esta vida.

El viento de otoño, ha desnudado los árboles de mi jardín, pero el Ginkgo, reteniene como puede sus hojas, que poco a poco, caen y tapizan el césped como si fueran doblones de oro.

El cáncer tambien arrancó las hojas de tu vida, pero no te borró de mi memoria ni de mis sentimientos

Te recuerdo padre, mientras oigo los tangos y los villancicos que inundaban tu alma.







sábado, 8 de diciembre de 2018

Sueños y amores


Mala noche. La persistente tos, me enfrentó a la negra vigilia de sudores perdidos. Finalmente, el peso de los párpados selló mis ojos y me entregué a sueños de felicidad.

Estuve abrazado a un tigre de bengala, acariciando su rayada piel de selva asiática. Mis dedos se perdían en la majestuosidad de su cuerpo y no tenía miedo.
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Sentía la fuerza del gran predador. Podía jugar conmigo como un muñeco de trapo, sacar mi corazón de un zarpazo o seccionar mi yugular, pero no, jugamos al ronroneo y a la vida compartida.

Fue un sueño hermoso, extraño e increíble, que quizás, el destino lo haga pronto realidad.

El sol bañó mi cara, saludé el nuevo día, respiré profundamente y agradecí el inmenso privilegio de la existencia.

Los árboles, desnudos por el otoño, cubrían el césped con el color tabaco de sus hojas.

Mi espíritu se ha elevado oyendo versiones originales de películas. Memorias de África, Bailando con lobos, La misión, ... Miro al cielo, es azul y tiene senderos de vapor de altos vuelos.

Un mirlo se baña en el estanque de mi jardín, ajeno al reciente ahogamiento de un erizo en sus aguas.

Aún florecen algunas alegrías, una flor de hortensia, que resiste aún, me ofrece su color carmín y un desnudo cerezo, tiene un solo penacho de nuevas hojas, que crecieron engañadas por el tiempo de una Naturaleza alocada.

Mi alma vuela a tierras de hijos y nietos, lejanas en el espacio y cercanas en el corazón. También sueña con un amor en los gélidos paisajes del gran norte, allá donde el sol, caprichoso, juega al escondite en esta época, para iluminar las noches de verano y cortejar la luna.

Las aves del norte, vuelan en las marismas de España y las nuestras, revolotean los cielos africanos.

Mi alma viaja a lejanos paisajes, consciente de que mi cuerpo se acerca al límite de su aventura.

Quedan lejos mis sueños de cabalgar entre la gran fauna africana, descender a Soon Dong, la gigantesca cueva descubierta en Vietnam o sumergirme en la jaula de la muerte, para ver de cerca el "gran blanco" o los cocodrilos marinos australianos.

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Pienso en el gran norte europeo, de dulces miradas azules, sonrisas de blanca piel y rubios cabellos al frío viento.

Cierro los ojos y veo numerosas etnias del cálido suroeste chino, afanadas en los campos de arroz tallados en las montañas y las frías laderas tibetanas, que esperan para acogerme en su espiritual paraíso.

Asia, el gran continente desconocido, es ya una tierra que me ha ofrecido sus colores de azafrán, sus paisajes y su fauna. 

Vietnam, Camboya, Indonesia, India y Nepal, me han impregnado sus esencias y ahora, ansío la misteriosa China y el Japón tradicional.

El 18 se muere; tras las uvas, mi espalda portará por lejanas colinas y hermosos valles, un ligero equipaje en busca de sendas de flores, rostros con sonrisas y ojos de curiosidad.

Viejo, pero vivo, con ansias de aventura. Mientras, huelo a leña de hogar, a castañas asadas y dulces de Navidad.

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domingo, 9 de septiembre de 2018

Amor en el jardín.

Cuando construyeron mi casa, diseñé e hice mi propio jardín. 

Partí de un pedregal, donde abundaban las víboras.


Fue mi obra personal. Quería inundar de belleza mi vida y la de mi familia.


Escogí los árboles, cavé con mis propias manos los huecos en el suelo, los planté y los cuidé con gran amor.


En sus raíces, hay tierras de los lugares entrañables de nuestra familia: de Sevilla, Castañeda, Peñaranda de Bracamonte, Tamames de la Sierra y de la tumba de mis padres. 


También hay tierras de las casas de otros seres queridos, de España, Míchigan, Nueva York, Francia, Grecia, Suecia o Nueva Gales del Sur en Australia.  


No faltan muestras  de arena, de cada país que he visitado procedentes de los cinco continentes: India, Nepal, la Reunión, Bosnia, Canadá, Tanzania, Etiopía, Egipto, Vietnam, Camboya, Noruega, Suiza, Italia, Marruecos, Argelia, Senegal, Guinea Bissau, Sahara Occidental y Sao Tomé e Príncipe entre otros.


Mis árboles crecen sobre arenas de lugares históricos, como las playas del desembarco de Normandía, de la isla de Santa Elena, donde murió Napoleón, la isla de Gorea, de la que enviaban los esclavos al Nuevo Mundo o de la ignota isla Pitcairn, en la que se escondieron los amotinados del mítico Motin del Bounty.

También hay muestras de todos los desiertos importantes del mundo; de las cimas de algunos de los volcanes míticos del Planeta, como el Vesubio, el Etna, el Fuji o el Kilauea y otros más, algunos de reciente erupción, como el Pitón de la Fournaise en la isla de La Reunión, el Erta Ale y el Dallol en Etiopía o el volcán Bromo en Indonesia.


Tampoco faltan muestras de lugares extremos del mundo, incluida la Antártida.  


Estas muestras de arena y tierra, son un compendio de los avatares de mi vida. 


Unen sentimientos, historia y aventuras, en un mundo globalizado que ha hecho de mí lo que soy.


Durante dos décadas, he visto crecer mis hijos y mis árboles. Todos han contribuido en gran medida a mi placer y mi felicidad. 


Los hijos marcharon para recorrer su propio camino y yo, quedé en mi jardín, cuidando de mis hijos de madera.


Mis árboles son fieles compañeros que han agradecido mis cuidados, dándome sombra, belleza, sabores y paz interior. 


Han presenciado fiestas, carreras de sacos, acampadas infantiles y la vida de una familia. 


Incluso han reído cuando he pintado los caracoles del jardín con pintura fluorescente, para observar su caminar nocturno por el césped.


Han oído mis risas y han visto cómo el agua lavaba sus hojas y arrastraba mis lágrimas de tristeza.


Han dado sombra a seres queridos que se fueron para siempre y que nunca volverán.


Cuando nadie me mira, los abrazo, noto su fortaleza y siento un gran bienestar.


Hace años, escribí los nombres de mis seres queridos en las heridas de sus ramas podadas. 


Al cicatrizar éstas. los nombres quedaron recubiertos por sus cortezas. 


Permanecen desde entonces, encerrados para siempre, como perduran en lo más profundo de mi alma.


A veces, he pensado que debía ligar mi destino a mis árboles y pedir que a mi muerte, entierren mis cenizas en sus raíces. 


Sería un homenaje a los amores de mi vida y a mi historia, así como una forma de perpetuar mi propia existencia.


Pero la vida continúa, mi alma vuela por el mundo y aún me esperan nuevos paisajes y vivencias. Parece que mi destino aún no está escrito. 





La rosa de Jericó

El día ha nacido triste y gris e invita a la melancolía. 

Oigo la música del film "Memorias de África", me transporto emocionalmente al continente que ha embrujado mi vida y siento una gran paz interior.

Apenas he escrito en los últimos meses. No era momento de trabajar en mi blog, sino de poner orden en mi interior y oxigenar mi mente.

He debido adaptar mis sentimientos a lo nuevos paisajes de mi vida.

He necesitado amarme a mí mismo, como un acto de amor hacia el resto del mundo. 

No he pasado a otro valle subiendo escarpadas montañas, sino atravesando un oscuro túnel que me ha llevado a la nueva tierra prometida.

Casi he perdido en la travesía, los colores de la primavera, pero la vida, ha sido una vez más. generosa con mi existencia.

He llegado a tiempo para ver las mariposas del verano; he recorrido a pié casi 200 kilómetros de playa y disfrutado los sabores de mi sudado jardín.

He oído las risas de mi corazón, que son la música de mi alma y mi vida a recobrado la ilusión y la fuerza de antaño.

El amor que nuevamente anida en mi alma ha sido como el agua que empapa la rosa de Jericó y la convierte en un verde helecho que renace a la vida.

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