viernes, 28 de abril de 2017

Mochila al hombro

Hace frío y el sol me besa tras los cristales. Fuera, la brisa baila con las recién nacidas hojas de los árboles. Es viernes, pero ya jubilado, es mi quinto domingo de la semana.

Otro día hermoso, inicio de un largo puente festivo, pues el lunes, es el día del Trabajo y curiosamente, no se trabaja.

Mi mente busca la calidez de lejanas tierras, allá donde el sudor es una garantía y los colores son exóticos y salvajes.

Lugares de horizontes quebrados aún por conocer, con emoción de adrenalina. Sitios de dientes blancos y pieles negras o del color de la tierra, de lenguas ininteligibles, donde sólo la sonrisa o los dientes apretados, son la comunicación que se entiende.

Mosquitos de paludismo, moscas de enfermedad del sueño, garrapatas de fiebres recurrentes, pulgas, chinches, males de altura, golpes de calor, volcanes de susto y lava, accidentes de tráfico, comidas infectas, animales salvajes, accidentes de tráfico, corrupción, delincuencia, o simplemente, una debilidad física, son riesgos que nunca pueden descartarse.

Pero la vida no es para acobardarse, sino para disfrutarla con prudencia, plantando cara al miedo y a las dificultades del camino.

Tiempos de botas y mochila, de esfuerzos de montaña, de horizontes infinitos y de sorpresa por doquier. Días de incertidumbres, de encuentros étnicos emocionantes y en definitiva, de aventuras maravillosas.

Sé que sentiré la emoción del camino, que tendré los pies cansados y la barba crecida. Sé que mi corazón latirá fuerte y lloraré en seco la emoción que me embargue. Sé que me sentiré vivo y pediré al que todo lo puede, que me conceda tiempo y salud para seguir disfrutando la vida.

Pasearé mi mochila, ligero de equipaje, compartiendo el riesgo de vivir, con dos compañeros que tienen como patria el polvo del camino, la lluvia de las nubes, el calor del sol, las estrellas y la plata de la noche.

Iré de nuevo al sur y cuando aterrice, aún más al sur, donde la pobreza convive con la alegría y la lucha por la supervivencia solo tiene como armas, la solidaridad con el compañero o la agresividad con el enemigo.

Dejaré el jardín al día, con mis frutales protegidos de los pájaros, para disfrutar a mi vuelta, los sabores de mi querencia.

Retendré las imágenes de mis amores y la calidez de mi refugio, en la seguridad de mi torre de marfil.

Me olvidaré durante un tiempo, del circo de los políticos, los programas zafios y los debates estúpidos que ofenden nuestra inteligencia.

Dejaré el suelo patrio en la confianza de que las personas de bien, aporten sabiduría, templanza y valor, para defender la tierra que nos legaron generaciones precedentes, tras derramar en ella su sudor y su sangre.

Y cuando vuelva, volcaré mis sueños realizados en estas páginas de sentimientos escritos, con los colores cazados en mi periplo..., cuando vuelva, si Dios me concede el don de volver, para soñar nuevamente.



















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