lunes, 6 de febrero de 2017

Orgullo y cariño

Saludé en Sanidad mis antiguos compañeros de trabajo. Aún están tras la mesa, con sus corbatas en los cuellos, manejando normas legales, estadísticas y planificaciones de trabajo.

Luego me hice fotos para un pasaporte nuevo. Viajar mucho, implica maletas rotas y hojas de pasaporte agotadas. Los diez años de diferencia, de las fotografías de ambos pasaportes, son testigos de cargo de la vida pasada.

Alguien dijo que a partir de los treinta años, uno tiene la cara que se merece. Es decir, que responde al tipo de vida que hemos llevado.

Mi década ha sido buena, sin grandes excesos, ni castigos al cuerpo, pero aun así acuso los numerosos volteos de mi reloj de arena.

Más tarde, me fui de caza al supermercado. Nada de subir montes, vadear ríos ni pasar frío entre matorrales, en busca de proteínas; tan solo la lista de compras y la tarjeta del banco.

Cargado el coche de la proteína necesaria, emprendí el camino de vuelta, pero vi entonces una bandera y me acordé de la "hermana que adopté". Viré el volante, aparqué el vehículo y tuve que identificarme como un extraño en la entrada.

Beatriz, había empezado conmigo su carrera profesional; primero como becaria, luego, como estrecha colaboradora ya funcionaria y finalmente, fue mi natural remplazo profesional, cuando alcancé el júbilo de mi retiro.

Sintió alegría al verme. Sabía que no venía a pedir sino a dar cariño, algo difícil de vivir en su puesto de trabajo.

Recordamos viejos tiempos, cuando era yo quien me sentía abrumado por teléfonos, oficios, faxes y correos electrónicos. Allí estaba mi antigua compañera y siempre amiga; resolviendo problemas, entregando su vida a plazos, día a día, candidata a las arrugas de la historia.

Le toca a ella aportar a la sociedad tiempo, experiencia y solvencia. La conozco bien y tiene voluntad de servicio, pundonor y profesa lealtad institucional, que no servilismo.

Como padre, siempre he ansiado verme superado por los hijos en todos los órdenes de la vida y con mi antigua colaboradora, me ocurre exactamente lo mismo.

Sentí por Beatriz orgullo y cariño. No podía ser de otro modo, pues he sido testigo de sus sueños, desvelos y progresión como profesional y como persona desde más de dos décadas.

Le di un beso de despedida y miré de nuevo hacia mis sueños de jubilado en libertad.






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