miércoles, 25 de febrero de 2015

La Reunión. Capítulo 6. Saint Pierre



La mayoría de los 800,000 habitantes de la isla, vive en la costa. Las volcánicas montañas del interior, están prácticamente deshabitadas. Hay una zona costera, muy  cercana a mi residencia, donde no se permite ni se puede vivir: el corredor por el que desciende la lava, del activo volcán el Pitón de la Fournaise.

Casi todas las poblaciones, tienen nombres de santos. Una espléndida autovia, circunda la isla, pero son frecuentes los atascos. Hay rutas que llevan al interior, son ascendentes y muy sinuosas, especialmente, la que llega al Pitón des Neiges y su gran circo.

La abundante presencia de tiburones, notablemente, tigre y buldog, de gran agresividad, cobra periódicamente su tributo humano. Consecuentemente, esta prohibido bañarse en todo el litoral de la isla. Sólo se permite el baño en dos lagones, uno de ellos es donde me encuentro. Se trata de una cuasi piscina marina natural, de muy escasa profundidad, protegida por arrecifes de coral, que actúan de barrera. Su arena es en gran parte de origen coralifero, incomoda de andar, pero de gran belleza.

Una agradable brisa, refresca la sombra bajo un árbol tropical. La gente es calma, dulce y variopinta. No es un pueblo especialmente bello, aunque algunas chicas, lucen sin pudor las turgencias de su juventud.

La Reunión es un crisol de razas, religiones y culturas. Napoleón abolió la esclavitud, y los negros, fundamentalmente de origen malgache, dejaron de trabajar. Una neoesclavitud, se cernió sobre la isla. Los colonos trajeron hindúes del sur de la India, de la casta de los intocables, que percibían míseros salarios, por un duro trabajo en las plantaciones de café y de caña de azúcar.

Llegaron más tarde los chinos, con su habilidad  comercial. Recientemente, se han incorporado los de la Isla Mauricio, que dan un toque de color africano en esta isla tan europeizada. Y ya, la invasión más reciente, es la de los guiris del mundo, de bermudas y cámara  fotográfica

Hay que distinguir dos tipos de franceses:, los reunionais, nacidos en la isla, pegados al terreno y que a veces han ido a la Metrópoli, sólo para hacer el servicio militar y los “orejas”, llamados así, porque al no comprender el idioma criollo, se llevan la mano al pabellón auditivo, intentando comprender algo.

El Gobierno francés paga a los funcionarios de la isla, el 135% de las retribuciones de la Metrópoli. El clima y las modernas  facilidades de comunicación, que palían el sentimiento de aislamiento, contribuyen a fijar la población de la isla.

Ser un helper, exige capacidad de adaptación a costumbres, razas, culturas y mentalidades muy diversas. Este es ahora mi caso. Fabrice, mi hospedador, es de origen hindú. Su bisabuelo fue uno de los intocables de la región de Madras, que substituyó a los africanos, tras la abolición de la esclavitud.

He recogido arena, dormido plácidamente sobre la mochila a sombra arbórea, a brisa gratificante y lenguaje criollo de tres hindúes, de avanzado calendario.

He comido un cuarto de pollo estilo supervivencia y me he regalado un helado de pasión y mango. Sigo en la playa, aplastado contra la arena, resguardado del sol que abrasa, en un cielo  límpido y celeste, tan sólo manchado por algunas nubes de acuarela, en la línea del horizonte.

He contactado por Skype con Argelia, Bolivia y Francia. Me han invitado a visitar pronto Bolivia, mientras me pregunto sí mis maletas no quieren un descanso.

Hemos cenado en una preciosa casa a media altura de la montaña, rodeada de inmensas plantaciones de caña de azúcar. Se respiraba paz, arte y armonía. Una magnífica terraza miraba al mar, mientras centenares de grillos y chicharras, hacían coro a la música de la velada.

El ambiente era mágico, en un lugar étnico, lleno de magníficas piezas de arte africano y sobre todo, de piezas de extraordinaria plasticidad y belleza, hecha por Enmanuele, la anfitriona.

La cena fue global y genial, como un bello paseo por el mundo de exótica gastronomía. Mientras escribo estas líneas, cae la lluvia con fuerza. Al tiempo, recuerdo cada delicado sabor paladeado.

Tzatziky (pepino con yogurt)
Dal: lentejas rosas con cúrcuma y gengibre
Coliflor con sésamo
Taboulé de flores: una especie de couscous con pétalos de rosas y de hibiscos
Queso de cabra con confitura de cerezas del Brasil
Crema quemada, con pétalos de violetas
Todo ello, con piña colada y vino de Burdeos a discreción

Un día espléndido y una velada inolvidable. Es momento de dormir, recrearse en los momentos vividos y soñar con el futuro inmediato; posiblemente, bañarme en un lago lleno de cascadas.
































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