viernes, 9 de junio de 2017

Etiopía 12. Fervor en Lalibela

Dentro de la "etapa de las piedras" en mi viaje a Etiopía, Lalibela merece una mención especial. Tiene varias iglesias excavadas en la roca, que son patrimonio de la Humanidad.

Si en Europa, se construían catedrales góticas como agujas hacia el cielo, en los primeros siglos del cristianismo, se hacían iglesias en Etiopía, en cuevas de montañas inaccesibles, para huir de las persecuciones o en rocas excavadas en el suelo, para hundir los sentimientos religiosos en el vientre de la Tierra.

Lalibela dispone de varias de éstas últimas iglesias, siendo la más famosa, la de San Jorge, por quien los ortodoxos etíopes siente gran devoción.

Estas iglesias, han sido excavadas, tanto externa, como internamente, lo que implica un trabajo impresionante que sólo puede comprenderse desde la fuerte fe de un pueblo.

Durante mi estancia en el país, oí en varias ocasiones, que el propio Mahoma pidió que se respetara este país, precisamente por su fuerte religiosidad.

He visto creyentes rezando y besando las paredes exteriores de los templos, como hacen los judíos ante el Muro de las Lamentaciones; también les he visto rezar tumbados en el suelo, en una posición que recuerda a la que utilizan los musulmanes.

Los ortodoxos, tampoco comen carne de cerdo; son muy devotos y sus prolongados rezos se oyen en la vía pública, como un mantra, recordando, en cierto modo, la llamada a la oración del muecín musulmán.

Este artículo, contiene fotografías de algunas de las iglesias excavadas, pero sobretodo, expone fotos de un pueblo, cargado de fe y sentimientos. 

Las blancas túnicas, que cubren a los ortodoxos y sus posturas, son de una belleza plástica extraordinaria. Viéndoles, uno se imagina los antiguos cristianos que asistían a los sermones de Jesucristo.

Oí desde lo alto de San Jorge, los cantos religiosos que salían de las profundidad de la iglesia. Descendí por un estrecho pasadizo, entré y me mezclé con los fieles. 

Un pastor iba a darme a besar su cruz, pero un fiel le comentó que no era ortodoxo y suspendió la acción. Dije entonces que también era mi Cristo, por lo que me ofreció nuevamente su cruz.

Es momento ahora, de ver la esencia, las siluetas y los colores de un mundo de fe, ortodoxo, auténtico y maravilloso.

Que mis palabras y mis imágenes, sean interpretadas como  la demostración de la fe, de un pueblo que acompasa sentimientos, compromisos y coherencia de vida. 































    Ante una tumba vacía









 











                       




















































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