viernes, 3 de noviembre de 2017

Indonesia:. Capítulo 11. Rinca: los dragones de Komodo

Amanecer en Labuán Bajo; el paisaje desde el hotel era espectacular. El muecín había llamado a la oración, los gallos trabajaban la madrugada, las primeras sirenas de los barcos, tronaban en el mar y solo faltaba algún asno rebuznando.

Barrí la costa con mi mirada, enfoqué mi cámara y capté el despertar de la vida en el mar. Quería recordar para siempre aquél momento mágico.

Para las 6 de la mañana, ya había cazado la belleza del lugar, aunque era consciente que nunca podría captarla en todo su esplendor. Una vez más, pensé en el privilegio de la vida y con una sonrisa de felicidad, hinqué el diente al maná del día.

Bajé a la piscina y hundí en ella mi humanidad con inenarrable placer. El efecto óptico simulaba un baño en la bahía, allá donde los barcos escriben con espuma en el agua, cuando navegan siguiendo la rosa de los vientos.

Los lagartos no me inspiraban confianza; francamente, tenía un cierto temor, pero el grupo quería verlos. Recordé el proverbio africano: "No hay que correr más que el león, sino correr más que las otras cebras"

Creí que yo era el menos veloz del grupo y además, el más apetitoso; no en vano, tenía mucho colesterol de bellota en mis arterias.

Nos hicimos a la mar. Nariz al viento; ojos al infinito; corazón henchido; risas, colores y amistad.

Fue una travesía maravillosa, bebiéndome el paisaje y agradeciendo el privilegio de estar allí.

Vimos variass islas deshabitadas, rodeadas de aguas turquesas besando arenas de coral y no era un sueño. Entretuve mis manos disparando mi cámara, alternando paisajes, barcos y retratos.

Llegamos a la isla de Rinca, tras dos horas de travesía. Intuía que un dragón nos oteaba desde alguna colina y deseé no ser yo su desayuno.

Había leído bastante sobre dragones. Además de ser feos y repugnantes, son bastante peligrosos. Incluso las crías, al nacer, escalan rápidamente los árboles, para no ser devoradas por su propia madre.

En los árboles, se alimentan de insectos y aves. Más tarde, cazan pequeños roedores y aumenta el tamaño de sus presas a la par que su tamaño.

Su mordedura es grave. No sólo por los destrozos físicos que ocasiona y la enorme carga bacteriana de su saliva, sino también, por las dos toxinas que inocula: una anticoagulante y otra vasodilatadora.

En estas condiciones, un gran mamífero, puede tardar mucho en morir y es seguido por su predador, que espera la extrema debilidad de su vícima.

No siempre es así, a veces, atacan furiosamente una presa que es devorada por muchos de estoa varanos gigantes, de unos 3 m de largo y un metro de altura.

No asfixian a sus víctimas como los leones antes de comerselas, sino que las devoran vivas, sin dejar restos. Tan sólo queda un rastro de sangre como rojo testigo de la tragedia.

Un lugareño de 7 años, se distrajo mientras recogía frutos silvestres y fue atacado y devorado vivo por un grupo de dragones.

Tenía cierto reparo al desembarcar. Un cartel, anunciaba un riesgo adicional. Aquella era también un área de cocodrilos marinos.

Desembarcar en la isla y ver un dragón en el camino de acceso  al parque con la cabeza levantada y la boca abierta, impresiona a cualquier visitante.

Iniciamos el recorrido protegidos por un ranger armado por un palo terminado en horquilla. Su defensa era bloquear el cuello del animal para evitar su avance, aunque la medida sería inútil ante un gran macho.

Se unió al grupo una joven holandesa. Era rubita, sonrosada, bien alimentada y calzaba chanclas. Recordé el proverbio africano e inicié la marcha más tranquilo.

Debajo de una de las viviendas del parque, había un grupo de dragones. Vivir en esas condiciones, no debe ser fácil y menos si sales de noche.

La isla tiene 198 km cuadrados y se estima un censo de  1700 dragones. La posibilidad de encontrarse con ellos es elevada. Sin embargo, cuando el sol cae a plomo, hasta los animales de sangre fría se guarecen del calor abrasador.

Vimos una hembra en zona sombría, cuidando la puesta de huevos. Tenía varios huecos, para despistar sobre el sitio real del nido. Lo que no comprendo, es la razón de cuidar el nido si luego se come las crías.

Nos hicimos unas fotos personales dándole la espalda con ella al fondo.El guía movió la hojarasca con su horquilla y sembró la inquietud del grupo. Momentos después, el dragón se movió hacia nosotros y debimos salir de allá con rapidez, mientras el guía extendía la horquilla para frenar su avance y evitar una posible agresión.
     
    Paisajes de la bahía










    Piscina sin fin






    Isla de Rinca

    Barcos vistos durante a travesía




                         

    Las sirenitas de Rinca
    ¡Más vale un mal día de descanso que un buen día de trabajo!



    Esperando el lunch










    Dragón de Komodo recibiendo turistas



    Paseo por la isla buscando dragones
                            Horquilla de madera como única defensa contra los dragones

    Dragón macho adulto


    Hábitat de los dragones


    Uno de los nidos de la dragón hembra
    Al fondo, dragón hembra junto al nido

    Momento en que vino hacia nosotros y debimos abandonar rápidamente el lugar














    Foto del grupo al final del trekking por la isla
    Embarcados de regreso a Labuán Bajo, isla de Flores
    Escala de recreo en Kelor Island, 8º 32´Sur, 119º 48´Este
    Debido al escaso calado y para no encallar el barco, llegamos a la isla sobre una diminuta plancha      de poliuretano. La isla tenía arena volcánica negra, sobre la que se había depositado arena blanca,        procedente de coral blanco. Además, había pequeños restos de coral rojo. (Tomé muestras de las          tres)


    Fuimos un poco inconscientes


    Magnífica puesta de sol

    Fin de la travesía

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